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12 septiembre 2016

El Viaje de la Semana (Osos en Canadá) Los Reyes de la Montaña




OSOS EN CANADÁ  /  LOS REYES DE LA MONTAÑA


Un fiero oso marrón acabó con la vida de Timothy Treadwell, aquel eco-guerrero cuya muerte filmó Werner Herzog en el documental Grizzly Man. Treadwell pasó trece veranos con los osos grizzly en el Parque Nacional Katmai, de Alaska. Tanto se acercaba a ellos, que llegaba incluso a tocarlos. Se confió, a pesar de las insistentes advertencias de los responsables del parque, y él y su novia murieron devorados por un fiero oso que en nada se parecía al Yogi de los dibujos animados. Nuestro viaje no transcurre en Alaska, como el de Treadwell, sino en la vecina Canadá, donde de mayo a octubre se puede ver a los grizzly en un valle en la costa central de British Columbia llamado Great Bear Rainforest. Allí, empresas como Great Bear Nature Tours, organizan excursiones desde Port Hardy hasta el corazón del valle para observar la vida salvaje en todo su esplendor, con los grizzly conviviendo con osos negros, lobos o águilas.


El hábitat de los grizzly en Canadá

Para centrarnos, está bien saber que en Canadá viven unos 25.000 grizzly repartidos entre British Columbia, Alberta, el Yukón, los territorios del Noroeste, Nunavut y el norte de Manitoba. De todos estos lugares, la Columbia Británica es su procedencia original: sólo en esta provincia había el mismo número de ejemplares cuando llegaron los primeros colonos europeos, pero la caza diezmó la población hasta los 16.000 que hay hoy. Uno de los mejores lugares para ver a estos animales de la costa es el Great Bear Rainforest, donde a finales del verano y principios del otoño se alimentan en los míticos ríos salmoneros canadienses. Allí viven las especies que encontró el capitán Vancouver cuando llegó a esta costa en 1793. Del tamaño de Irlanda, la zona está habitada por menos de 17.000 personas sin contar la población de la ciudad de Prince Rupert. Casi sin carreteras, es un lugar de islas y fiordos donde el turismo con los grizzly es la principal industria y ya ha superado en importancia económica a la salvaje caza del oso.


Osos de blanco impoluto

Los guías de Great Bear Nature Tours organizan dos salidas diarias para observar a los osos, por la mañana y por la tarde, siguiendo los movimientos de estos animales. Hay puntos de observación para hacer buenas fotos, y cuando se mueven del río al estuario, se observan desde una barca. Los otros osos que nos ocupan, los blancos, nos llevan hasta la provincia de Manitoba, donde cada otoño y durante varias semanas vive la mayor concentración de osos polares del mundo. Son unos mil y se reúnen cerca de la localidad de Churchill. En verano, el hielo se derrite en la bahía de Hudson, lo que obliga a los osos polares a viajar a tierra. Una vez ahí, sin acceso a las focas o a otros mamíferos marinos, entran en un estado que se conoce como hibernación ambulante. Viven gracias a sus reservas de grasa y pasan la mayor parte del verano en reposo. Algunos recorren hasta 1.400 kilómetros a lo largo de la costa en busca de alimento (moras, hierbas o algas marinas), que, sin embargo, no satisface sus necesidades. Así que cuando se acerca el otoño, los osos polares regresan a la región de Churchill, cuya bahía se congela antes que otros lugares. Allí los osos se dedican a cazar hasta que el hielo se derrite y el ciclo se repite. Y así cada año… La Churchill Wildlife Management Area es uno de los lugares más accesibles del mundo para ver osos polares durante los meses de otoño. La zona se recorre a bordo de un tundra buggy, un todoterreno desde el que poder fotografiar a los osos polares. Es una suerte de safari en el Ártico que se puede contratar a través de dos operadores: Frontiers North Adventures y Great White Bear Tours.


Posar la mirada

Los buggies se mueven lentos, a ocho kilómetros por hora, y recorren un sendero de 38 kilómetros a menudo cubierto de rocas y nieve en el interior de la Wildlife Management Area. Estos vehículos transportan entre diez y cuarenta personas y cada excursión dura unas ocho horas. “El elemento más inspirador de esta aventura es la oportunidad de fijar tu mirada en un oso polar (explicaba a la CNN John Gunter, director de Frontiers North Adventures). Muchos turistas lloran cuando ven por primera vez uno de estos ejemplares”. Octubre y noviembre son los mejores meses para viajar hasta Churchill y vivir esta experiencia. Durante esas semanas se pueden ver de diez a treinta osos en un solo día. Desde Winnipeg, la capital de Manitoba (un lugar que los cinéfilos conocen a través de la obra de Guy Maddin y ese personal retrato que hace de su ciudad en My Winnipeg), hay que tomar un vuelo para llegar hasta Churchill. El alojamiento no es barato en temporada alta (una media de 200 euros la noche), y un paquete con vuelo incluido puede llegar a costar hasta 7.000 euros por persona. Pero merece la pena. El oso polar es una especie en peligro de extinción. Dicen los expertos que cuando miras a uno de estos ejemplares a los ojos, “la vida cambia para siempre y quieres hacer todo lo posible para salvarlos”.


Refugio junto a los grizzly

En Great Bear Rainforest hay dos hoteles de lujo que le ponen el lazo perfecto a un viaje siguiendo a los grizzly canadienses. El Nimmo Bay Resort, paquete “Aventura en helicóptero”, desde 1.500 euros diarios por persona) es sólo accesible por helicóptero, hidroavión o barco desde Port Hardy. Se trata de un refugio con nueve exclusivas cabañas de madera donde sólo pueden alojarse un máximo de 18 huéspedes a la vez. La aventura está asegurada, y la desconexión también. La pesca y la observación de la vida salvaje son sus principales atractivos, pero también los vuelos en helicóptero, las clases de yoga y la comida sana. De hecho, todo es sano en este hotel, empezando por el agua y la electricidad renovable que provee la cascada que hay dentro del mismo.



El King Pacific Lodge, tres días, (desde 4.000 euros por persona) es un palacio lejos de la civilización, separado del resto del mundo por los duros inviernos. Por eso esta zona no se ha desarrollado para el turismo y continúa siendo un privilegiado lugar donde los únicos vecinos del verano son los osos, las orcas y las águilas de cabeza blanca, emblema nacional del vecino Estados Unidos. Al King Pacific Lodge se llega volando desde Vancouver o en hidroavión desde Bella Bella. Tan tranquilo es este palacio de madera de 17 habitaciones con vistas al bosque o al océano, que sus responsables se enorgullecen de anunciar las cuatro únicas actividades que ofrecen a sus clientes: comer, dormir, relajarse y explorar (pesca, kayak, ver orcas a primera hora de la mañana, subir a las montañas en helicóptero o escalar en escondidos cañones). Bautizado como “posiblemente, el hotel flotante más lujoso del mundo” por el diario The Wall Street Journal, la escapada a este lodge sólo es posible entre junio y septiembre porque el clima obliga a cerrarlo el resto del año. Las tarifas, no aptas para presupuestos ajustados, incluyen comidas, actividades y el vuelo desde Vancouver.






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